La extinción de los besos

Érase una vez un reino, en el que nos mirábamos a los ojos para querernos.

Donde nos abrazábamos para recomponernos y nos besábamos para alimentar anhelos.

Un reino de alegrías y soles, de campos abiertos, de pálpitos y sueños.

Un reino sin cielo, donde se repudiaban cosechas de oportunidad y se miraba al suelo.

De repente un día oscuro, una nube se posó sobre el orgullo, llevándose los besos, los abrazos y cualquier murmullo.

No dio ninguna razón, ni tampoco explicación, simplemente cortó las flores y después se marchó.

El reino de frío se heló y las manos se vaciaron de amor y vigilados por la realidad, todos se encerraron en el dolor.

El llanto entró al ruedo y la alegría perdió ante el miedo y los sueños se hicieron pesadillas, en una larga noche de enero.

Una evidencia superlativa, como un jarro de agua fría, con ansias de dar lecciones, a lo largo de la travesía.

Una extinción de los besos, que caló hasta los huesos y de agonía enfermaron muchos, como si fueran presos.

Solo quedaron castillos sobre certezas y mucha resignación y cuando acabó la tormenta, volvió a salir el sol.

Y sujetaron el mundo, en un abrazo profundo, mientras las ventanas susurraban brisa y se abrían al segundo.

Y aquel triste reino, resurgió del invierno y se llenó de hojas en blanco, en un nuevo cuaderno.

Y con la lección grabada a fuego, la vida cobró sentido, hasta que llegó la primavera, para mitigar lo vivido.

 

 

 

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